Crítica: ’30 monedas’ 1×05 — ‘El doble’

Las líneas narrativas en las que se bifurca el episodio anterior se mantienen en este con las mismas pulsiones. Por un lado, el padre Manuel Vergara y su viaje al Vaticano y, por otro, el cúmulo de hechos imposibles de descifrar en Pedraza. Ambas líneas coexisten y alimentan al espectador para seguir conformando el puzle tenebroso que De la Iglesia y Guerricaechevarría nos proponen, pero cuyos troqueles, ora romos, ora afilados, vuelven a sorprender. Y es que la marca de la casa de esta serie es esa: no dar nada por supuesto porque, a la vuelta de la esquina (esté donde esté esa esquina), te vas a encontrar con algo que no esperabas.

En el episodio anterior, Vergara regresaba al Vaticano para desenmascarar a la secta causante de sus desvelos; ese viaje a su yo más íntimo nos revelaba amigos y enemigos de su mocedad como sacerdote y un pasado oneroso que le persigue hasta la actualidad. En el pueblo segoviano, las cosas no iban mejor porque los conflictos se suceden y, como toque final, otro convidado, pero no de piedra, aparece en escena. Nos referimos a Mario (Víctor Clavijo), marido de Elena y desaparecido desde hacía dos años. Un capítulo que deja muy alto todos los listones posibles.

El quinto episodio arranca con una fantasía que no es tal. La historia del perro de Vergara siendo niño es usada por Santoro, a modo de conjuro, para averiguar dónde está la moneda que vive en Pedraza. Mientras, en el pueblo segoviano, Elena se reencuentra con Mario, donde asistimos a un hechizo en forma de milagro. Dudas sobre su aparición hay todas, y reflejadas de maravilla en la escena del bar donde un grupo de paisanos especulan, cotillas donde los haya, sobre el suceso, y donde Jesús (Paco Tous) asiste petrificado a la noticia de la vuelta de Mario. Y razones no le faltan. De vuelta al Vaticano, Vergara, de la mano de Santoro, descubre los motivos, recursos y organización de los cainitas. Así, desde la genial exposición de La Iglesia en la Segunda Guerra Mundial (Lanza de Longinos incluida), hasta los archivos secretos del Vaticano, pasando por catacumbas, pasadizos, el propio Castillo de Sant’Angelo (un poco de , un poco de ), la narración nos muestra el poder y relevancia de la propia secta.

Vergara parece que cede, pero sabemos que no es así. Y su fiel Sandro acude al rescate (deliciosa puesta en escena con los cainitas de blanco y el sacerdote italiano de negro). El poder de Santoro se revela y también lo que algunos llaman religión, él lo denomina conjuros. Todo héroe ha de pagar peaje y Vergara y Sandro lo pagan, cada uno en su medida. Elena, por su parte, obnubilada por el supuesto milagro, decide abandonar el pueblo con Mario y buscar un nuevo comienzo, pero este enseguida revela sus cartas en el tapete y ansía, que para eso ha vuelto de entre los muertos, la moneda. “La moneda vuelve a su dueño”, argumenta Mario cuando sabe que no puede recuperarla, poco antes de que Elena localice a Paco, su particular héroe. Ambos vuelven a estar juntos sin estarlo. Sin embargo, la profética frase de Mario toma forma en la escena final del episodio cuando otro convidado, al que sí creíamos de piedra, regresa al tablero de juego.

es un episodio difícil de definir. No es enteramente de transición, pero tampoco es resolutivo. Al acabar, uno tiene la sensación de que termina la parte intermedia y nos prepara para la andanada final. Sea como sea, tenemos terror con resurrecciones y monstruos (de todo tipo, ojo) incluidos. Un conflicto Santoro/Vergara sobre la culpa y el libre albedrío, tan necesario como evocador, donde ambos religiosos hacen lo que sea pertinente para salir airosos; y una suerte de regreso a la casilla de salida ya que la moneda de marras decide que como en Pedraza, en ningún sitio. Las dos líneas narrativas están a punto de converger y solo quedan tres capítulos para que suceda. A no ser que con algún conjuro logremos que haya segunda temporada… Ahí lo dejo.