Crítica: ’30 monedas’ 1×07 — ‘La caja de cristal’

Necesito el final. Ya. Así, sin decoro ni vergüenza alguna, lo pido abiertamente. Con la primera temporada de 30 monedas a punto de acabar y visto el viaje que nos propuso el tándem vasco hace ya casi dos meses, uno desea, por un lado, ver el final de esta deliciosa parada de los monstruos y, por otro lado, espera que sea solo el comienzo de una saga. El séptimo episodio nos prepara para la gran batalla entre el bien y el mal; los tres protagonistas han hecho las maletas, bien para intentar salir de Pedraza, o bien para regresar al pueblo, y se citan en tierras castellanas para enfrentarse al padre Angelo y a Santoro. Todos los viajes han concluido y el reloj ha dejado de marcar las horas.

Vergara continúa preso en Siria. Elena está ilocalizable en París. Paco se debate entre dos mundos, ambos sitos en el pueblo. Sin embargo, la llegada del prelado del mal, el padre Angelo, desempolva a una protagonista que siempre lo fue, pero relegada a un segundo plano: Merche. La mujer de Paco se siente traicionada por actitud de su marido hacia ella y hacia Elena, y el padre Angelo se aprovecha de ello para hacerla su mayor aliada en Pedraza (y gobernar a Paco mediante una estampilla impía). La transformación de Merche será capital para el juego de los cainitas en el pueblo. Así, Merche no solo cambia de aspecto (la escena en el encuentro con los abogados para la separación es soberbia y significativa), cambia de bando y abraza la proposición del otro lado con absoluta normalidad.

El pueblo vive otro inexplicable suceso más. De pronto, gracias a las artes nigrománticas del padre Angelo y de la vieja bruja, por medio de un grumoso ungüento, y con la colaboración de un Antonio cada vez más desquiciado, Pedraza se ve envuelto en una densa niebla que emana del suelo y alcantarillado. Además, todas las casas amanecen con una cabeza de cerdo colgada en sus puertas y aldabas. Los habitantes del pueblo coinciden en que es brujería y buscan refugio en la Iglesia (dónde sino…), mientras que Laguna es detenido temporalmente y las agentes de seguridad no dan abasto, ni crédito, para abarcar lo que el tranquilo pueblo castellano vive cada día.

Por partes. Vergara, mediante una suerte de catarsis, vive una experiencia mística donde recupera la fe (si fuera camino de Damasco, el símil con Saulo y su conversión estaría servido), gracias a la colaboración de uno de sus captores logra evadirse con dos presos más y salir de Siria en dirección a la libertad. O mejor, Pedraza. Merche coloca la estampilla en una chaqueta de Paco; cuando se la pone, una fiebre salvaje le postra en cama, dejándole inoperativo. Elena por fin llega al pueblo con la moneda colgada del cuello y acude en busca de Paco, invitación de bruja mediante, para enzarzarse en una pelea “killbill” con Merche. La niebla se hace cada vez más densa y un muro invisible impide salir a nadie. El escenario perfecto.

Anticipé en críticas anteriores que este y el octavo episodio serían uno partido en dos, o lo que es lo mismo, la traca final castellana. Observo que viviremos ese momento en el último de la serie. Eso, lejos de disgustarme, redobla mis ganas por ver el final. Más aún cuando el terror en este séptimo es mucho más sutil y menos evidente que en otros anteriores. Plagado de referencias, como no puede ser de otra manera, La niebla, esa niebla densa y casi pétrea, nos traslada al genio de John Carpenter y a la menor, pero en absoluto desdeñable, novela de Stephen King. El concepto de encerrados sin posibilidad de evasión en un pueblo donde nunca ocurre nada es un clásico también del escritor norteamericano: El Misterio de Salem’s Lot.

El menú está servido y solo queda degustar el postre. Y visto el final de este episodio con la iglesia del pueblo en llamas, el padre Vergara saliendo por su puerta, con el destino lacrado en sus ojos y armado hasta los dientes (previo baño en agua bendita de la munición), directo hacia la boca del lobo, uno no puede ni imaginar la que se va a liar en Pedraza, Segovia, España. Solo queda una semana…