Crítica: ‘Black Space’ y la metáfora del ojo por ojo y el diente por diente

Netflix apuesta por esta potente serie israelí sobre una matanza en un instituto

(Fuente: Netflix)

Esta crítica se ha escrito tras ver la primera temporada de ‘Black Space’ completa y no contiene spoilers.

Las ficciones israelíes, y nunca he sabido muy bien por qué, siempre me han resultado menos ficciones y más cercanas. Ya me pasó en su momento con Hatufim (la precursora de Homeland), Valley of tears, Cuando los héroes vuelan, la casi inescrutable Perdiendo a Alice o la tan desconocida como interesante Shtisel, entre otras. Tienen algo, y entiendo que es muy personal, que entronca mucho ya no solo con mis gustos sino con la manera de ver y entender las historias. Cuando encaré Black Space había una gran predisposición por mi parte, sin duda, pero el resultado, con sus dientes de sierra, es sorprendente. Es innegable que saben cómo dar una vuelta de tuerca cuando crees que la narración no da para más.

La historia comienza con la celebración del Yom Hazikaróm (Día de los Caídos) en el instituto de secundaria Heritage. Los alumnos del último curso están inmersos en el evento cuando cuatro enmascarados armados, vestidos con monos y máscaras de unicornio, interrumpen el acto y disparan indiscriminadamente contra todos. Pánico, tumultos, desconcierto. Los estudiantes y profesores se desperdigan por el instituto buscando refugio, el guardia jurado del centro llama a la policía y los asaltantes se esfuman. Cuatro cadáveres adornan el auditorio del centro.

Rami Davidi (Guri Alfi), es un detective de operaciones especiales que en el momento del aviso del asalto al Heritage está en el oculista, tratándose de una infección que sufre en su ojo de cristal. Toma el mando de la investigación y se planta en el centro; la casualidad hace que él fuera en su momento alumno del instituto, factor determinante para llevar a cabo las pesquisas. Una vez allí, determina el cierre del instituto, la policía registra el centro y logra poner a salvo a profesores y alumnos. Sin embargo, no hay rastro de los asaltantes ni de sus armas. El descubrimiento de tres trabajadores palestinos en la azotea hace creer a la policía que han encontrado a los culpables, pero pasadas unas horas, descubren que son inocentes. Es entonces cuando Davidi expone a su superiora, Noga (Assi Levy), que está convencido de que los asaltantes pertenecen al alumnado. De tres sospechosos pasan a cuatrocientos.

Así, la narración nos cambia el tercio. En un primer momento, te enfrentas a lo que parece un thriller donde, descartado el móvil yihadista, el campo que se abre se bifurca en dos cauces. El tiempo apremia, el instituto ha de volver a la normalidad y la aparición de red de comunicación, llamada Black Space, utilizada por los alumnos para codificar sus conversaciones al margen de miradas indiscretas deriva en las dos tramas que van a ir de la mano hasta el desenlace. Por un lado, la investigación criminal, dirigida por Davidi (cuya mujer está a punto de dar a luz) y que contará a partir del tercer capítulo con una ayudante, Morag (Reut Alush), inspectora de menores. Por otro lado, las relaciones entre los propios alumnos: desde el amor al desamor, pasando por el rechazo, infidelidades, discriminación, mentiras y juegos que no tienen nada de divertido. Es en ese entorno donde Davidi revive su propia juventud, trufada de problemas, en el Heritage.

(Fuente: Netflix)

La narración de esta serie de ocho episodios, creada por Anat Gafni (Lechudim Betoch HaReshet) y Sahar Shavit (Beneath the Silence), corría el riesgo de desdibujarse a la hora de centrar el foco en las relaciones de los alumnos y caer en los tópicos habituales, pero la escuela secundaria esconde una historia oscura que entronca con la historia de Davidi. No es un drama al uso, donde los malvados resultan muy obvios y sus actos son injustificados. Las aristas de los personajes principales (el propio Davidi y los alumnos) enriquecen no sólo sus historias, sino el conjunto de la narración: los roles respiran por sí mismos.

La metáfora del policía tuerto, el juego de las máscaras de unicornio, el pasado que aflora en el presente, el cluedo donde cualquiera puede ser el urdidor o ejecutor de la trama asesina, la denuncia del bullying y el uso abusivo de la tecnología como paraguas para la publicidad de la violencia, son los temas recurrentes de la serie. Como puntos no tan ensalzables, se nota una premura en la producción, fallos elementales (sobre todo de continuidad) y ciertos clichés en algunos personajes durante el proceso de su construcción. Con todo, Black Space es una serie ágil, dinámica y entretenida, cuya intriga va en crescendo hasta el final.

‘Black Space’ está disponible en Netflix.