Crítica: ‘El Cid’ es visualmente ambiciosa, pero no encuentra su tono

El mayor problema de El Cid es el de tener que batirse en duelo con múltiples imaginarios culturales. Por un lado, la serie entronca con una épica histórica medieval que anda codificada en series populares como Vikingos, The Last Kingdom e, incluso, un Juego de tronos por arriba y un Merlín o un Robin Hood por abajo. Por otro, la figura del Campeador ostenta un punto -entre mítico y fundacional- que discurre desde la literatura estudiada en el bachillerato hasta el reciente Sidi de Pérez Reverte, pasando por la efigie egregia de Charlton Heston o aquellos dibujos animados de los ochenta. Semejante cóctel de referentes opera, aunque sea de manera instintiva, en el espectador que se enfrenta a esta nueva serie creada, con mucho arrojo, por José Velasco, Luis Arranz, y Adolfo Velasco. Y es relevante airearlos porque . Rodrigo Díaz de Vivar también batalla contra prejuicios, expectativas, retazos históricos, encarnaciones previas y ficciones primas.

Y es ahí donde la serie falla al definir su personalidad. Porque la nueva propuesta de Amazon Prime Video nunca encuentra su tono, uno que cautive o enardezca. En sus primeros capítulos, por ejemplo, apunta un relato de maduración mezclado con insidias palaciegas, amores incipientes y toques de aventura para todos los públicos. Sin embargo, conforme avanza la trama, El Cid abraza una violencia explícita y unas escenas de cama que expulsan a los menores de edad del relato. Como es obvio, que una serie evolucione dramáticamente y se vuelva más áspera, onírica y oscura (también visualmente: el quinto episodio abunda en un meditado tenebrismo) no es en sí mismo malo. Pero a una serie con la que cuesta engancharse de buenas a primeras.

Porque los motivos para que el espectador no quiera alistarse con entusiasmo en las huestes del rey Fernando I son de lo más variado. Por un lado, en una serie que -a pesar de contar con un protagonista nítido- tiene hechuras de relato coral, muchos de los conflictos y deseos que mueven a los personajes resultan superficiales, tópicos o rutinarios. Esto provoca un desequilibrio entre algunos caracteres más sabrosos (Urraca, el Conde de León) y muchos otros a los que cuesta singularizar. : a pesar de escaramuzas parciales (una justa, un duelo a espada, intentos de envenenamiento), la trama no logra transmitir ni la excitante plenitud de un relato clásico de aventuras ni la deliciosa perfidia de las intrigas políticas resabiadas. Nos falta una mayor implicación emocional con los personajes para hacer clic con el conjunto del relato y que sentencias como la de que “La corte es una guarida de lobos. Nunca les mostréis debilidad” nos hagan gotear el colmillo.

Por otro lado, . Sí, por supuesto, estamos ante una obra de ficción, no hay duda. Y el protagonista, como personaje histórico, ofrece una ambigüedad mayor que la que un Menéndez Pidal le atribuía, por lo que la fidelidad factual es una meta inviable. De acuerdo. Lo que ocurre en la serie es que cada capítulo está punteado por detalles que rompen el embrujo. Los hay anecdóticos, como mezclado con términos de cortesía antigua como “vuesa merced”. O de más calado, como las dificultades de varios actores para transmitir aroma de época. Unas veces les falta rudeza y les sobra afeitado, en otras se echa en falta una declamación más solemne, de recio aliento shakesperiano, mientras que en las de más allá uno piensa que los actores podrían haber ascendido peldaños si el guion les abriera más resquicios para el humor y la pillería, ganando así en frescura y autenticidad.

Carlos Bardem en ‘El Cid’. (Fuente: Amazon)

Un último apunte sobre esta disonancia entre la historia y su reflejo. Es habitual que cualquier relato histórico nos aporte muchísima información, también, sobre el ahora en el que se produce. Es decir, los ojos que miran quedan también al descubierto en las elecciones dramáticas y estéticas que los creadores toman al recrear el pasado. Probablemente resulte inevitable -más aún en estos tiempos de rampante corrección política-, pero. Dos ejemplos. El primero: la recurrente verbalización de un discurso feminista, muchas veces metida con calzador, cuando el entorno histórico y las acciones de los personajes bastan para dejar clara la cuestión de fondo (que en el salvaje siglo XI, bajo la ley del más fuerte, la mujer estaba relegada en la corte). El segundo: en un entorno de frontera que se adivina brutal, en una época donde la religión era una de las excusas favoritas para degollarse, sorprende el fair-play exhibido entre moros y cristianos. Un chorrito de más mala leche, además, podría haber servido para especiar los conflictos de fondo.

Estas objeciones en torno a la verosimilitud contrastan con . Los escenarios naturales -con una iluminación exterior que vira de lo dorado al gris- están muy bien aprovechados, transmitiendo la belleza agreste del sobrio paisaje castellano mediante planos generales y audaces movimientos aéreos. La pesadez de la piedra en los interiores y la majestuosidad de los castillos también suman para que El Cid pueda lucir su previsible condición de espectáculo televisivo. Quizá por eso el mejor episodio de esta primera temporada es el cuarto: la trama se concentra y el relato intenta exprimir al máximo las posibilidades audiovisuales de la épica.

Según los cantares de gesta. De amor, de dolor, de heroísmo y de tragedia. Así lo condensaba Manuel Machado en un hermoso poema: “Por la terrible estepa castellana, / al destierro, con doce de los suyos / — polvo, sudor y hierro — el Cid cabalga”. Habrá que calibrar la respuesta del público para comprobar si esta versión de El Cid consigue mantener al Campeador galopando con Babieca y empuñando su Tizona en nuestras pequeñas pantallas… o si, tras estos cinco episodios, queda desterrado para siempre.

‘El Cid’ está disponible en Amazon Prime Video.