Crítica: Elogio y refutación del cine político en ‘Small Axe: El Mangrove’

Esta crítica se ha realizado tras ver ‘El Mangrove’, el primer episodio de Small Axe, y contiene spoilers.

El manglar es un terreno frondoso, habitual en desembocaduras tropicales, que regala una estampa visual deslumbrante: árboles retorcidos, raíces gigantescas y una caótica exuberancia. La característica distintiva del manglar es su fecunda biodiversidad, que nace del choque de dos entornos: el terrestre y el marino. Esto puede actuar como metáfora del aliento sociopolítico que anima El Mangrove, el primer episodio de la antología creada por Steve McQueen. Porque sus dos horas de duración narran la historia de un grupo de inmigrantes trinitenses que pugnan por prosperar en un entorno hostil, el Londres de finales de los sesenta. Raíces, diversidad, choque y el manglar del título: un especiado restaurante de Notting Hill que se convirtió en emblema.

Dividido en dos partes -una hora de retrato costumbrista, otra de drama judicial-, algunos de los mejores momentos tienen que ver con cómo se exhibe el sentido de comunidad, esos afectos, esas lealtades, ese entorno civil y festivo. Se nota que por el Mangrove real pasaron a degustar sus platos caribeños artistas como Nina Simone, Jimi Hendrix o Bob Marley, porque la música reggae se erige en una de las columnas estilísticas que vertebran el capítulo, regalando un par de secuencias musicales de montaje memorables. Ahí, en la apuesta estética, es donde esta obra de McQueen brilla más y mejor. El aroma de época emerge con la contundencia documental de un producto de gran presupuesto, de modo que no solo los interiores, sino también las calles logran transportar al espectador a un espacio y tiempo muy precisos. Acentos, paisaje y paisanaje, con especial predilección por Aunt Betty.

A esta holgura de producción McQueen le suma una puesta en escena enfática. Hay ocasiones en las que esto funciona muy bien, ampliando la densidad dramática o apuntando una lectura simbólica. Ocurre, por ejemplo, en la manera dislocada de grabar la rabia de Frank Crichlow (estupendo Shaun Parkes en su rictus permanente de gravedad) en su celda. No solo emulan esa ventanita que ostenta una función clave durante el juicio, sino que esta forma de rodar la desesperación encarna visualmente una de las denuncias del episodio: cómo nos ven (una parte del cuerpo, mediante un ángulo de visión muy limitado) frente a la totalidad de cómo somos. Una misma fusión de realce visual y lectura metafórica se puede encontrar en un enigmático y larguísimo plano fijo de un colador gigantesco balanceándose tras los destrozos causados por la policía: una comunidad agujereada que se niega a paralizarse. Porque ese es el tema de fondo de El Mangrove: la dignidad. Morir de pie antes que vivir de rodillas. Unas veces desde desde la psicología del resistente y otras desde la retórica marxista de los Panteras Negras.

Y aquí es donde los problemas del episodio emergen. La plasticidad de muchos momentos, el sabroso acabado sesentero y el vigoroso relieve de la puesta en escena operan dentro de un guion demasiado didáctico y expositivo. La manía de los diálogos por explicar todo en voz alta resta fuerza a las sugerentes opciones estéticas, al dejarlas a la intemperie como redundantes. Apenas hay espacio para que el espectador complete el sentido; todo le llega masticado, sin espacio para la ambigüedad o la interpretación. Por eso, la historia podría haber ganado mucha fuerza si hubiera sido un episodio más corto, como los otros cuatro. Obligarse a condensar espolea el arte de la sugerencia.

(Fuente: Movistar+)

El otro gran inconveniente de El Mangrove también radica en la escritura. El cine político es un género apasionante, pero ostenta un riesgo difícil de sortear con éxito: trabajar el matiz, la complejidad, evitar el dogmatismo. Es el que diferencia a grandes obras artísticas (pensemos, por la cercanía temática, en The Wire) de mítines aseados biempensantes (la reciente ). Esta primera entrega de Small Axe inclina la balanza hacia esto último.

Porque para mostrar el racismo de los años sesenta El Mangrove propone un villano de opereta, ese PC Pulley que parece querer lanzar un escupitajo en cada plano. El problema es que el personaje interpretado por Sam Spruell se erige en sinécdoque de todo un sistema, derivando así en el maniqueísmo habitual de las políticas identitarias contemporáneas. Algo similar ocurre en la comunidad negra de la serie, donde pocos personajes ofrecen grises que los hagan más laberínticos y dramáticamente atractivos precisamente por sus contradicciones o zonas oscuras, esas que siempre conviven en pugna con el heroísmo y los ideales.

Por estas razones el primer episodio de Small Axe deja un sabor agridulce, el de un estupendo envoltorio donde la tesis se impone a la historia. Porque el speech memorable, la rabia cívica y la lucha contra Goliat habrían resultado más convincentes si, en lugar de telegrafiarlos, McQueen hubiera aplicado su inmenso talento visual para que el espectador rellenara los huecos. El detalle, la sugerencia, la elipsis para tallar los pormenores emocionales. Porque, como reza el proverbio africano del que proviene el título de la serie, es mejor perseverar en pequeños hachazos para derribar un árbol grande.

‘Small Axe: El Mangrove’ está disponible en Movistar+.