Crítica: ‘La maldición de Bly Manor’, o cómo engañar con un buen arranque

Esta crítica se ha escrito después de ver la temporada completa de ‘La maldición de Bly Manor’. Contiene spoilers.

Las críticas parciales de los arranques de temporada sirven para eso, para comprobar qué tal son los primeros pasos. Pese a que habitualmente ya nos hacemos una imagen representativa, se debe opinar teniendo en cuenta lo que se ha visto, pero las cosas se pueden torcer o enderezar. Y eso es exactamente lo que le sucede a La maldición de Bly Manor. No soy una obsesa de los sustos, precisamente, pero esto no es lo que nos habían dejado catar.

La serie lo tenía todo a favor; un buen precedente con La maldición de Hill House (aún guardo en la memoria aquel magnífico episodio embotellado) y un inicio prometedor de su segunda parte. El misterio estaba bien planteado y habían conseguido crear un ambiente perfecto para tenernos los nueve episodios pegados a la manta. Pero en algún momento empezaron a centrarse en el drama y a olvidar ese aura de misterio que nos había enamorado. Error.

Sí, La maldición de Hill House ya era un drama, pero de los tensos. De aquellos que te tienen desconfiando todo el rato y deseando no perder de vista ni una escena. Daba la sensación de que cada imagen tenía encerrada en ella detalles que eran los que daban forma y sentido a lo que estábamos viendo. Y quizás no le hubiéramos pedido eso a La maldición de Bly Manor si no fuera porque es lo que nos habían comenzado a dar.

Cualquiera podría pensar que ahí estriba el error, vencer al romanticismo, pero no es así. De hecho, el octavo episodio, aquel que nos explica la historia de la dama del lago es posiblemente el más sensiblero, y sin embargo funciona. Lo hace porque sabe qué va a contar y se pone a ello. Quizás no era eso lo que esperaba cuando me senté a ver la serie, pero ese otro plato resulta estimulante e interesante; no así con el resto de la segunda mitad de la temporada.

La trama se lía cuando empiezan los saltos temporales. Es un recurso con potencial, que permite plantear varias posibilidades, desde algo que parta de la ciencia ficción a un espiritismo más puro, y no es que la solución sea errada. La idea de almas que permanecen encerradas una y otra vez en las mismas posiciones podrían dar a la historia una claustrofobia aterradora, en cambio opta por regodearse en exceso en ella, profundizando -dicho sea de paso- en una historia de amor que carece de interés, como es la de la cuidadora y el chófer. No es que odie el amor, pero cuando transformas una historia de misterio en una romántica (o varias, de hecho), hay que hacerlo con mucha mano izquierda.

(Fuente: Netflix)

La confianza en el susto

Es una lástima, porque los primeros episodios consiguen trasladar un ambiente de tensión permanente, donde la intensidad del susto es solo el clímax de una situación que te tiene a poco de desbordarte. Las primeras veces que vemos una figura con dos focos impacta y extraña; cuando confías en que el monstruo sea todo lo que te enganche acabas por verle demasiado parecido al hipnotizador de Asterix y las doce pruebas. Y el humor es lo último que tiene que venir a la mente cuando se nos intenta transmitir miedo.

Llega un punto en que el drama se ve interrumpido únicamente por golpes de violín y una imagen con intenciones sorprendentes que ya no sorprenden a nadie. No pido más impacto, sino recuperar esa ambientación que hace que cada poro desconfíe de todo lo que vemos e intuimos y abandonar la confianza del subidón repentino siendo más fiel a lo que ya han demostrado saber hacer.

‘La maldición de Bly Manor’ está disponible en Netflix.