Crítica ‘Patria’ 1×04: Odio, miedo y valor, por Alberto Nahum García Martínez

Una pistola y una carta. Esos son los objetos sobre los que gravita este episodio. El director Félix Viscarret logra un extraordinario momento justo hacia la mitad del metraje. La disposición espacial es la clave: Joxian llega a casa con el sobre que Bittori le ha entregado; Miren lo rompe y lo tira a la basura. La cámara, sin embargo, opta por la elegancia intencional: nos muestra a Arantxa sentada, en primer plano, y la profundidad de campo nos permite compaginar la acción de los padres con la reacción de la hija. Es una forma sutil de emplear la puesta en escena para fusionar tres emociones básicas, primarias, tan presentes en el trasfondo trágico de Patria: el odio, el miedo y el valor. De las tres, el coraje juega en franca desventaja — la parálisis física de Arantxa — , pero es una emoción que la serie reivindica al resaltarla ahí en primer plano. Ella no mira para otro lado. Al contrario.

La pistola y la carta se entrecruzan a lo largo del capítulo con esas tres emociones. Por la parte del pim-pam-pum, presente desde el título, está ese adiestramiento clandestino — vegetal y nublado — donde los gudaris calibran su odio a ritmo de beretta. Pero también asoma la previsible pistola en el bolsillo de Joxian y el miedo cuando se encuentra con el Txato en la puerta de su garaje. Los planos cortos de Joxian, encapuchado bajo la tormenta, exhiben los últimos vestigios de moralidad antes de cruzar la línea invisible. Por último, el arma también puede asociarse al valor: el Txato disparando al aire tras el sabotaje a su empresa. No le sirve como elemento de defensa y, como es lógico, por desgracia gana la partida el odio, “la cólera de los débiles”, como lo definió Daudet.

El episodio narra cómo Joxe Mari se prepara para matar (Fuente: HBO España)

Por el otro lado, la carta como objeto simbólico, además de narrativo, también exprime su jugo en el episodio, como en la escena de la cocina que analizábamos en el primer párrafo. Es el catalizador para que Arantxa decida pasar a la acción. La carta es un elemento que desde el inicio de la serie ha simbolizado el miedo, un símbolo tétrico en Euskadi, como retrataba aquella novela homónima de Raúl Guerra Garrido. El Txato la recibe y su vida se vuelve patas arriba. No es fácil tener el arrojo de un Alcorta, aquel empresario que se negó a ceder al chantaje. Un hombre libre. El Txato tiene rasgos audaces, sin duda, pero no los suficientes para levantarse un héroe. ¡Es tan difícil serlo! La carta es su talón de Aquiles.

Por eso resulta sugerente que sea una misiva precisamente la que empiece a horadar el pacto de silencio en la familia de Miren. Si por una carta empezó el Txato a morir, por unas letras escritas a mano comenzará Bittori a alcanzar cierto sosiego: “Porque me gustaría saber con el mayor detalle posible cómo murió mi marido”, escribe, remarcando su necesidad de clausura.

Esa falta de detalle está bien administrada visual y estructuralmente a lo largo de los cuatro episodios que llevamos de Patria. No en vano, hay un misterio aún por resolver: ¿participó Joxe Mari en el asesinato del Txato? En la lucha contra el tiempo — maldito ¿cáncer? — que Bittori protagoniza, lo que le otorgará paz de espíritu será el conocimiento. Poder saber. Es su legítima última obsesión. Una necesidad vital. Por eso el inicio del episodio dibuja un larguísimo y pausado movimiento de cámara: una habitación sencilla, un ring-ring insistente y una señora que despierta junto al gato negro, su única compañía en un pueblo enfermo donde la detestan. Eso es filmar la determinación: su afán de saber costará, será lento, penoso, solitario, con constantes dificultades de comunicación… pero esa es su inquebrantable voluntad. Por eso el episodio acaba con ella introduciendo el sobre en el buzón. Bittori y el valor.

Bittori y su inquebrantable determinación por saber (Fuente: HBO España)

Más allá de esta tríada de sentimientos trabados con sentido y sensibilidad, la serie sigue repitiendo errores dramáticos que restan fuerza al conjunto. Hay subtramas que se antojan ortopédicas y detalles de trazo grueso que ganarían si se narraran con más sutileza. Un ejemplo de lo primero sería la relación amorosa de Xabier, que tiene toda la pinta de ser una escaramuza episódica de la que nunca más sabremos. Como otras veces, sobre el papel resulta perfectamente comprensible que el trauma del asesinato paterno provoque un seísmo emocional que arramble con todo. El problema es la rapidez, como si las escenas fueran un cuadrito en el que hay que poner un tick. Pasó en la primera semana con la extraña forma de afrontar el duelo de Nerea y esta vez le toca a su hermano. El último adiós en el cementerio — desde luego, la novia no tiene lo que se dice mucho tacto para escoger el timing de la ruptura — suena a impostado a pesar de las lágrimas y el dramatismo, precisamente porque son dos caracteres de los que apenas entrevemos su dinámica, en los que el relato no ha profundizado como para que su dolor nos toque la fibra.

La ruptura de Xabier y su novia queda emocionalmente lejana (Fuente: HBO España)

En cuanto a los detalles de brocha gorda, llama la atención lo del maketo ultra-abertzale. Esta conversación en el café del trabajo:

Herminio: Bernardo ha escuchado en la radio que se han cepillado a uno del pueblo.

Joxian: No me jodas. ¿A un policía?

Herminio: ¿Qué más da? Algo habrá hecho. Habrá que celebrarlo con unos vinos cuando salgamos, ¿no?

Joxian: ¡No me jodas, Herminio! Tú el más radical, uno de Huelva.

El diálogo desactiva cualquier potencia sociológica e histórica para despeñarse por la comedia negra. ¡Solo les ha faltado ubicar a Herminio en Lepe! Como en capítulos anteriores, el espejo de lo real en Patria no termina de funcionar en villanos y antagonistas duros. Que parte de la sociedad vasca y navarra (y del resto de España: no olvidemos, por ejemplo, los más de 100.000 votos “españoles” con los que HB logró un escaño europeo en aquel 1987) justificaba el crimen no es ningún secreto. Que había etarras, como De Juana Chaos, que solicitaban champán y langostinos para celebrar el asesinato de Tomás Caballero, un querido concejal de Pamplona, es ya parte de la historia universal de la infamia. Y, sin embargo, la escena de Herminio chirría por su superficialidad robótica. Al recitarla uno que pasaba por allí, con quien no tenemos vínculo dramático alguno, su eficacia es escasa. Como si fuera un nuevo tick que marcar.

La fuerza dramática de volver repetidamente al instante trágico (Fuente: HBO España)

Esta semana sucede el tercer flashback al asesinato del Txato. Y, sin embargo, todavía persisten los interrogantes. Esta vez sí asoman los asesinos, pero no en el momento de apretar el gatillo. La elipsis se cementará, se intuye, cuando Bittori culmine su búsqueda. Por tanto, la pistola seguirá humeando en Patria. Y aunque haya vueltas al pasado que resulten más prescindibles, por redundantes, el repetido regreso al instante fundacional de la tragedia es una magnífica decisión creativa de Aitor Gabilondo y cía. Porque en la estructura del relato el asesinato es el punto cero. Volver a él una y otra vez, con sus brumas y sus preguntas aún sin respuesta, ubica a los espectadores en la piel de las víctimas. Porque ese instante es el epicentro de su terremoto, el momento en que sus vidas cambiarían para siempre y el dolor y la sensación de injusticia y la pena se convertirían en compañeros perpetuos.

La estructura con constantes vueltas al pasado también sirve para preguntarse, con melancolía, si las cosas pudieron haber ocurrido de otra manera. Esa conversación donde Xabier anima a su padre a irse a vivir a San Sebastián o, en el desarrollo de personaje más notable de este episodio, en los remordimientos de Joxian ante el vacío a su, hasta entonces, amigo. Aquel con el que — en un eco del primer capítulo — pedaleaba por las bellas cornisas cantábricas que ahora transita a solas, tratando de expiar su culpa y su vergüenza. Ay, esos “abrazos mentales”:

Txato: ¿Alguna vez te han dicho que eres un cobarde?

Joxian: No hace falta que me lo digan. Eso no cambia nada.

Aunque haya perdido su eficacia desparramado en meme multiuso, el adagio atribuido a Edmund Burke resuena ante cualquier dictadura en el horizonte: “Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada”. Tener valor ante la pistola, ahuyentar el miedo ante la carta, no ser cómplice del odio con el silencio.

Lo que en aquellos años de plomo equivalía a ser un héroe.

Las críticas de los episodios anteriores de ‘Patria’: