Crítica: ‘Romulus’, el origen mítico de la ciudad más brillante de la antigüedad

Esta crítica se ha escrito tras ver los dos primeros episodios y no contiene algunos spoilers.

No sé si están o no de moda, pero las series con “aroma” histórico parecen un nicho por explotar. Al menos, las de corte antiguo. Apelando a esa épica tan criticada o denostada por algunos, pero siempre efectista (que no efectiva), las historias de hechos y personajes históricos no deben acometerse como un complemento académico a la Historia (aunque muchos, como es mi caso, lo deseamos en ocasiones), sino servirse de ella como un escenario donde exponer los conflictos y desarrollar los personajes. Cuando un producto se sustenta solo en la ficción, el universo es más flexible; cuando aborda la realidad o lo que sabemos de ella, como es el caso de Romulus, la retina tiende al hieratismo (a veces porque la sorpresa nos supera y a veces porque somos incapaces de parpadear viendo los desaguisados).

El origen de Roma es siempre atractivo. Su historia se pierde en la bruma de los siglos y, como otras muchas ciudades y culturas de esa época oscura de la antigüedad, su nacimiento alberga un carácter mítico o mágico. En el caso de la Ciudad Eterna nos remontamos a Troya, cuando Eneas, después de sobrevivir a la destrucción de su ciudad por los griegos, llegó a las costas del Lazio, se casó con la primogénita del rey Latinio, Lavinia, y fundó un reino. Varias generaciones después, una de sus descendientes, Rea Silvia, mantiene un romance furtivo con el dios Marte, naciendo de esa relación Rómulo y Remo. El rey Amulio, tío de Rea Silvia, temiendo ser destronado por los gemelos, decide abandonarlos dentro de un canasto y dejarlos a merced de las aguas de un río. Al poco, quedan varados en una orilla y comienzan a llorar; una loba, Luperca, escucha los llantos y los amamanta. Ya de adultos, los gemelos destronan y matan a Amulio para fundar Roma en el recodo donde varó el canasto. Corría el 753 a.C.

Romulus nos traslada al siglo VIII a.C y al centro de Italia, donde una pléyade de tribus latinas, cada una con su propio rey, se alía bajo el mando de Númitor (Yorgos Voyagis), monarca de Alba Longa, rey de reyes a la sazón. Una sequía galopante induce a los latinos a pedir consejo al augurio, pero este resulta nefasto, lo que provoca que el consejo de reyes lo ciegue y destierre junto con su esposa. A su vez, cerca de Alba Longa, un grupo de jóvenes se disponen a convertirse en hombres según la tradición de las “Lupercales”, ritual que se realizaba sobre el 14 de febrero y que consistía en la iniciación del varón en los menesteres de la guerra, la caza y merodeo propios de la edad adulta. Entre ellos, destaca el joven Wiros (Francesco di Napoli), que tiempo después conocerá por azar a Yemos (Andrea Arcangeli), hijo del desterrado Númitor. El tío de Yemos, Erta (Emilio de Marchi) confabula para hacerse con el poder lo que supone que su hija Ilia (Marianna Fontana), consagrada al culto de Vesta, cometa una herejía que la condena a ser enterrada viva.

La producción de italiana Sky, que llega a nuestro país de la mano de HBO España, sorprende en sus dos primeros episodios. Ante todo, y esto es marca de Sky, es un producto que rebosa espectáculo de calidad. Y te lo hacen saborear, ver y disfrutar desde los primeros compases. Estéticamente es casi impecable, poniendo especial atención en los detalles: edificaciones, decoración, ropajes, con claras influencias de la cultura etrusca, predominante en la Italia de la época. Históricamente, también: la austeridad medida del templo de Vesta, la mezcla entre la barbarie prerromana y las influencias griegas, el panteón romano en ciernes (Vesta y Júpiter), el uso del latín arcaico (la serie está rodada en latín), las costumbres y usos de la sociedad. Incluso, la referencia a Alba Longa. El cuidado por los detalles resalta por doquier y ayuda a empatizar con una época difusa y cruel.

(Fuente: HBO España)

Los dos primeros episodios de Romulus giran en torno a tres personajes que serán el engranaje sobre el que gire la posterior narración. Yemos es traicionado por su tío y se ve obligado a huir al bosque donde el grupo de jóvenes que vive la “Lupercale” lo captura, convirtiéndole en su esclavo; es allí donde conocerá a Wiros que es continuamente humillado por Cneus (Gabriel Montes), y con el que establecerá una relación de igual a igual. Ilia, por su parte, estaba prometida al hermano gemelo de Yemos, asesinado por Erta, y espera pacientemente que su padre sea derrocado. En este entorno agreste es donde los protagonistas enarbolan la inteligencia como herramienta, desterrando de su “modus” la fuerza, humillación y crueldad que han de sufrir.

En la lucha por la supervivencia y el poder, la miniserie está trufada de manipulaciones y manipulaciones. La sangre no significa nada cuando de sobrevivir y gobernar se trata. En ese ámbito, la dignidad y el honor pugnan por la prevalencia sobre la vileza. La contraposición de dos sociedades, en definitiva. Por un lado, la establecida con sus reyes, usos y costumbres, alojadas en sus ciudades, donde todo está dicho y regulado; por otro, aquella que se construye en torno a los jóvenes que sobreviven en la foresta, donde los protagonistas tienen la oportunidad de crear una nueva, más justa, más moderna.

Esta producción, compuesta de diez capítulos, es una extensión de Il primo re, film del cineasta Matteo Rovere, cuyo estreno acaeció en 2019. Cattleya, la productora matriz de la brillante Gomorra, ha sido la artífice de Romulus, contando para el proyecto con Enrico Maria Artale y Michele Alhaique, en la dirección, Filippo Gravino, Guido Iuculano en el guion, además del propio Rovere tanto en en la dirección como en el guion.

Romulus resulta, en sus inicios, edificante y atractiva. Lo suficiente como para seguir asistiendo con los ojos bien abiertos a la fundación de Roma.