Crítica: ‘Sweet Tooth: El niño ciervo’, épica pandémica para niños (y niños grandes)

La ficción de Netflix no inventa nada, pero consigue ser entrañable y entretenida

(Fuente: Netflix)

Esta crítica se ha escrito tras ver ‘Sweet Tooth: El niño ciervo’ completa y no contiene spoilers.

No parece de esas series de Netflix que arrasan con todo en su primer fin de semana, pero sí de las que van sumando adeptos gracias al boca a boca. Sweet Tooth: el niño ciervo es una propuesta de fantasía bastante tradicional pero que tiene suficientes elementos llamativos como para captar la atención del público familiar (aunque, avisamos, puede dar pesadillas a los más pequeños; no en vano la calificación es de +12 años); no inventa la rueda, pero por alguna razón apetece seguir el viaje de este pequeño cornudo.

La serie tira de un concepto llamativo de entrada: un niño ciervo. ¿Qué le pasa al chaval? Pues que es un híbrido nacido de humanos que forma parte de una generación espontánea de niños y niñas que nacieron mitad animales. Y todos, al menos en su versión bebé, son monísimos, por cierto. El quid de la cuestión es que estos inesperados seres llegan al mundo a la vez que se despliega sobre el planeta una pandemia vírica y nadie sabe si fue antes el huevo o la gallina: ¿los híbridos son consecuencia o causa del virus? Razón más que suficiente para que se les persiga, pero, además, es que resulta que son inmunes a la enfermedad y, por tanto, estudiarles podría ayudar a conseguir la cura.

Este planteamiento le da una vuelta de tuerca al clásico de la persecución del rarito (que tanto se ha explotado en ficción, desde los X-Men a la más reciente The Nevers), pues aquí no se les persigue solo por el miedo a la diferencia, sino por un motivo mayor o supuestamente más justificado. Aún así, colocadas esas piezas, nos queda una historia muy corriente: Gus, apodado Goloso (Sweet Tooth en inglés), emprenderá un viaje —del héroe, por supuesto— en búsqueda de una madre que no conoce (o de la idea idealizada de), pero lo importante será su crecimiento personal tras haber sido creado apartado del mundo y ajeno a cualquier peligro.

Entre tanto, Sweet Tooth: el niño ciervo se completa con un par de tramas que suceden en paralelo a la historia de Goloso y que ayudan al espectador a conseguir información y ampliar el universo postapocalíptico pandémico y sus misterios. Y lo hace con un elenco cumple sin alardes: Gus (Christian Convery) es suficientemente cuqui aunque hemos visto niños mucho más entrañables en televisión, Grandullón y Oso (Nonso Anonzie y Stefania LaVie Owen) no terminan de ser carismáticos pero nos sirven y el médico Adi (Adeel Akhtar) roza peligrosamente el histrionismo en algunas escenas. Tampoco destaca la producción por el despliegue técnico (que nos mueve de unos paisajes imponentes a unas criaturas CGI que a veces sonrojan), pero la nota media de la factura es aceptable.

Quizás el verdadero éxito de esta propuesta, como pasaba con Stranger Things, no sea tanto apelar a los niños (insistimos, que tiene cosas que no) sino a los niños grandes, a esos adultos que quieran, entre tanta ficción seria, encontrar algo más sencillo que les haga reconectar con historias que le recuerden a tiempos pretéritos. La serie es como una taza de chocolate caliente que resulta aún más reconfortante en tiempos pandémicos, pues parte de la trama nos lleva a comparar constantemente las vivencias de su mundo postapocalíptico con las nuestras propias. Y no repele, que eso es un logro. Tal vez porque su pandemia, a fin de cuentas, es mucho peor que la nuestra.

‘Sweet Tooth: El niño ciervo’ está disponible en Netflix.