El 2020 en series de animación

Menudo año complicado, ¿eh? Lo ha sido también para la animación, un negociado dentro del universo seriéfilo que en Fuera de Series no queremos dejar fuera de nuestro repaso al muy olvidable 2020. En lo tocante a las series animadas, las que se hacen con lápices y tabletas gráficas, en lugar de con sets de rodaje, pero echándoles la misma –si no más– imaginación, ha habido de todo: sorpresas, desastres, chapuzas, presagios y despedidas. Sin intención de chupar cámara, podríamos empezar por Cuatro trazos mal contados, una columna para todo lo animado nacida en este año fatídico, y con la que un servidor os tortura cada lunes.

Entrando ya en harina, hemos tenido regresos tan esperados como el de Hilda, la adaptación del premiado cómic de Luke Pearson, que en 2018 cautivó a niños y adultos por igual con una primera temporada en Netflix repleta de aventuras. Su segunda entrega se ha hecho esperar más de dos años, pero hace casi un mes que ya podemos disfrutarla. Este año también nos hemos reencontrado con un clásico de la talla de Samurai Jack, que en enero llegó a HBO España con una moderna quinta temporada que se añadía a las cuatro originales, casi 15 años más mayores.

Genndy Tartakovsky, el creador de esta última, dio también una de las más tempranas campanadas del año con Primal, gore prehistórico cuya primera temporada (la primera mitad de ella, más bien) aterrizó en esa misma plataforma junto a muchas de las grotescas producciones animadas del sello Adult Swim. Vista la segunda tanda de episodios de esa primera entrega, que se añadió al catálogo hace pocos meses, no hay problema en repetir que la de Tartakovsky es otra catedral del medio animado. No son pocas las que nos deja este viejo titán.

En 2020, la animación ha sido también el soporte gráfico ideal para las despedidas. Algunas de ellas, como el sobrevenido final de la séptima entrega de The Blacklist, se resolvieron con vistosas chapucillas: cuando el coronavirus truncó el rodaje del último tramo de la temporada, el equipo decidió sustituir las tomas que faltaban por rodar por secuencias animadas con un aire de cómic pulp muy acorde al de la serie de NBC. Otras despedidas estaban mejor planificadas, como la de BoJack Horseman, el retrato de un hombre caballo que empezó siendo una estrella acabada y ha acabado convertido en el centro de un riquísimo comentario sobre la depresión; o la de Steven Universe, que hizo doblete diciendo adiós con una sexta temporada titulada Steven Universe Future y una película.

Cabría también comentar el batacazo de Memorias de Idhún, la torpemente doblada adaptación de Netflix de las novelas de capa y espada de Laura Gallego que, tras la cancelación de Virtual Hero por parte de Movistar+ (también este año), parecía llamada a ocupar el estrecho podio de las series animadas patrias. Un estilo imberbe y poco atractivo, sumado a la absurda polémica en torno a los actores escogidos para poner voz a los protagonistas, acabó de matar la propuesta; sin embargo, me aptece más hablar de lo bueno, de lo que sí nos ha hecho este año un poco menos amargo.

Ahí entra The Midnight Gospel, una serie que nos regaló en plena cuarentena por la COVID-19 todo un universo de color y filosofía habitado por Clancy, un podcaster intergaláctico, y mecido por las ágiles tintas de Pendleton Ward, el creador de Hora de aventuras. Ward se ocupó únicamente de dotar de un telón de fondo unas conversaciones sacadas del podcast de Duncan Trusell, trayéndolas al presente y llenándolas de profundidad, sugestión y frescura. Esta es, para mí, la mejor serie de 2020; la sigue de cerca El hundimiento de Japón: 2020, también disponible en Netflix, un estreno menos sonado pero igualmente soberbio que, como un siniestro presagio, proporcionó valiosas claves para recomponer lo que se ha roto en estos 12 meses.

La enseñanza de esta última joya animada, condensada en el kintsugi, el arte japonés de unir los trozos de jarrones quebrados para darles una nueva vida sin ocultar sus cicatrices, es un buen desplante para un año agridulce en lo animado y en lo real. Ser cenizos es hoy más que nunca un derecho, pero es también hacerle una concesión vergonzante al 2020. Parece más bonito recapitular este año de mierda, digámoslo sin tapujos, con la actitud con la que encara la inmensidad del universo Clancy en la imagen que encabeza este texto. Media sonrisa en la cara, una taza de café entre los dedos y enchufados a una buena historia.