‘El Chapo’ y la fascinación por las series de narcos

El estado de Sinaloa (México) decidió prohibir, en 2016, los narcocorridos. El subgénero musical, derivado de las canciones que contaban las gestas de la revolución mexicana a principios del siglo XX, se dedicaba (y dedica aún) a narrar las historias de los narcos que campan a sus anchas por el norte del país. Para algunos, no son más que crónicas de una sociedad en la que el cartel extiende sus tentáculos por todas partes; para otros, glorifican el modo de vida, y la violencia utilizada para conseguirlo, de esos delincuentes.

La cultura pop más mainstream se familiarizó con ellos, probablemente, gracias al corrido que Los Cuates de Sinaloa dedicaron a Breaking Bad, y al éxito más internacional de Los Tigres del Norte, y quizás su popularidad ayude a comprender la que ha ganado en los últimos tiempos su equivalente audiovisual: las series de narcos. El estreno esta noche, en XTRM, de la segunda temporada de El Chapo lleva a que surja esa cuestión, pues entre telenovelas y producciones originales de plataformas, estos personajes han gozado de una mayor exposición fuera de los informativos.

El caso más claro de esa popularidad es Narcos. La ficción de Netflix, que en su momento fue su primera coproducción latinoamericana, dramatizaba la caída de Pablo Escobar, jefe del cartel de Medellín en los 90, sus conexiones políticas y los tejemanejes entre la CIA, la DEA y el gobierno colombiano por atraparlo. Escobar, interpretado por Wagner Moura, acabó transformado en un icono pop: sus expresiones (como “plata o plomo” y el célebre “hijueputa”) se colaron por todas partes. “Sus vidas son ostentosas, sus personalidades contundentes y su entorno da mucho juego tanto narrativa como culturalmente”, explicaba el periodista Nacho Carretero durante la emisión de las primeras entregas de Narcos.

Las excentricidades de Escobar (como estar más pendiente de la retransmisión de un partido de fútbol por la radio que de huir del ejército) aún apuntalaban más esa glorificación que, por muchos actos violentos y despreciables que cometiera, nunca logró eliminarse del todo. A él también lo aquejaba el mal de Tony Soprano; por mucho que a David Chase le horrorizara, bastantes de sus espectadores se identificaban con aquel mafioso italoamericano de Nueva Jersey.

Pablo Escobar en ‘Narcos’. (Fuente: Juan Pablo Gutiérrez/Netflix)

Escobar no sólo protagonizó las primeras dos entregas de Narcos (que luego pasó a centrarse en el cartel de Cali y, después, a transformarse en Narcos: México); en la televisión colombiana ya se había visto, en 2012, Escobar, el patrón del mal, y después tuvo cierta importancia en otros títulos que ya no se centraban exclusivamente en él, como Tres Caínes (sobre los paramilitares hermanos Castaño), Sobreviviendo a Escobar, alias JJ (protagonizada por su mano derecha, John Jairo Velásquez) y El general Naranjo, cuya figura principal es el militar encargado de perseguir a Escobar.

Puede decirse que solo Joaquín “El Chapo” Guzmán le iguala en representación televisiva, algo que el propio narco había buscado con sus constantes fugas de prisión. No obstante, a él se le han dedicado más documentales, con la excepción de la serie de Netflix, El Chapo, producida para capitalizar el éxito de Narcos. También tiene cierta relevancia en The last narc, una docuserie de Amazon sobre el asesinato del agente de la DEA, Kiki Camarena.

Sus elaborados planes para escapar de la cárcel son material evidente para el cine y la televisión, pero no es el único. Sandra Ávila Beltrán, la Reina del Pacífico, es la inspiración real detrás de La reina del sur, novela de Arturo Pérez Reverte que ha tenido hasta una adaptación en la televisión estadounidense, en USA Network. Pero la fascinación por los narcos no se queda solo en el continente americano. En la ficción española coincidieron en 2018 dos series que, de un modo u otro, transcurrían en el entorno del narcotráfico en Galicia.

Una imagen de ‘Fariña’. (Fuente: Atresmedia)

Por un lado estaba Fariña, que contaba la historia real de Sito Miñanco, de cómo el contrabando de tabaco en las rías acabó convertido en tráfico de cocaína y de la Operación Nécora que encarceló a buena parte de aquellos narcos. Y, por el otro, Vivir sin permiso tiraba de una familia ficticia en la que el padre, aquejado de Alzheimer, intentaba mantener a flota a la empresa legal de conservas que le servía para blanquear el dinero de sus operaciones ilegales.

En ambos casos, y especialmente en el primero, era muy tentador dejarse llevar por el carácter de algunos de sus personajes, como ese Sito que, inicialmente, lo único que busca es el respeto de sus vecinos. Nacho Carretero contaba que “los contrabandistas, el antecedente directo de los narcos, eran figuras respetadas; generaban dinero, daban trabajo y ayudaban a los vecinos”. Y estaban en constante lucha contra el poder establecido, algo que genera simpatías entre los espectadores.

Aitor Gabilondo, creador de Vivir sin permiso, resumía el interés del público apuntando que series sobre contrabandistas siempre ha habido; lo único que cambia es el producto que manejan: “Podemos hablar del narcotráfico, podemos hablar del alcohol, de todo lo que es prohibido. Y además no sólo lo que está prohibido, lo que es delito, sino lo que pone en peligro la vida de las personas, desde el punto de vista dramático, tiene mucha fuerza (…). Es, también, un desafío al espectador porque le obligas a empatizar, o a querer, o a seguir las peripecias de una persona que, desde el punto de vista legal y moral, está en las antípodas de ti mismo. Y eso es perturbador y super atractivo”.

La segunda temporada de ‘El Chapo’ se estrena esta noche, a las 22:00 h., en XTRM.