El fair-play del matrimonio King

Los creadores de ‘The Good Fight’ se caracterizan por su apertura a la complejidad política e ideológica

La semana que viene regresa Diane Lockhart con su tropa. (Fuente: Movistar Series)

Ahora que se avista la nueva temporada de The Good Fight —Diane, Adrian: prometo ponerme al día pronto con las andanzas de vuestro bufete— es un estupendo momento para alabar el matrimonio amoroso y creativo que conforman Michelle y Robert King. La vida da para lo que da, por lo que yo solo he visto la primera temporada de The Good Fight, que parece su serie más cañera, políticamente hablando. Y bien está que así sea. Lo que me cautiva de los King no es que expresen a través del entretenimiento televisivo algo que todos tenemos (una visión del mundo, unas intuiciones políticas y morales), sino que sus historias estén abiertas a la duda, al diálogo, al entendimiento. Que eleven preguntas en lugar de predicar homilías laicas.

Ahora que cada vez hay más series —y críticos y periodistas— empeñadas en mirar por encima del hombro al espectador para decirle cómo ser bueno, ahora que tanta gente anda proponiendo que el entretenimiento se convierta en catequesis, uno de los rasgos más admirables de los King es la reivindicación de la ambigüedad. La puesta en escena de la complejidad ideológica. La mayoría de casos que jalonaban The Good Wife eran apasionantes precisamente por alumbrar contradicciones y exhibir razones muy razonables en cada esquina del espectro político. Esa apertura «epistemológica» es cada vez más rara de encontrar.

Siempre cito un ejemplo que me parecía especialmente suculento. La extraordinaria y muy emocionante quinta temporada de The Good Wife ofrecía —antes de aquel mítico Abriendo la caja de los truenosun episodio con uno de los dilemas más fascinantes que recuerdo. El tercer episodio de esa quinta temporada (Un bien muy valioso) aplicaba un giro de tuerca a uno de los temas clave de las denominadas «guerras culturales»: el aborto. Es un asunto complejo en el que yo, por ejemplo, suscribo todo lo que Miguel Delibes razonaba en su célebre Aborto libre y progresismo. Viene a colación Delibes porque todo aquel episodio de The Good Wife constituía, en el fondo, una reflexión sobre quién es el débil y por qué hay que protegerlo.

La pirueta de la premisa era que una familia que no puede tener hijos ha contratado a una mujer para que geste por ellos. Parece que el feto viene con una malformación y los contratantes quieren cargárselo; la madre biológica, por el contrario, quiere seguir adelante con la vida de la criaturica que lleva en su vientre… incumpliendo así una cláusula del contrato. Tal maraña nos enfrenta a cuestiones sobre los límites de la ley, el cumplimiento de los compromisos (el contrato), la naturaleza humana, la monetización de la vida humana y mil ramificaciones tan controvertidas como apasionantes. Lo portentoso del episodio es que las diversas posturas se tratan con un intento de comprensión, sin condenas a priori. Los necesarios argumentos jurídicos —que, obviamente, también son implícitamente morales— se exponen con limpieza, animando al espectador a hacerse cargo de la complejidad.

Lo mismo pasaba con decenas de temas polémicos —tantas veces caricaturizados en las ficciones militantes—, desde la sagrada libertad de expresión amparada por la Primera Enmienda hasta el derecho a portar armas (aquel Kurt noviete de Diane) de la Segunda Enmienda. Ese fair-play se ha convertido en una de las marcas de estilo más refrescantes de los King. Sortear el dogmatismo para reclamar, como en cualquier juicio, los pros y los contras de cada argumento.

Es una apertura que también distingue a Evil, otra de las electrizantes propuestas de los King, donde los dilemas entre fe y razón se resuelven con un intento genuino de ponerse en la piel del otro. «Dado que creamos dos personajes que tienen ideas muy diferentes —explica Michelle King en una entrevista sobre Evil—, es importante que se escuchen con respeto y que se sientan cómodos expresando esos puntos de vista opuestos». Su marido, Robert King, es aún más contundente contra los nuevos catequistas: «Lo último que alguien quiere es encender la televisión y que le den un sermón. Es mucho mejor que tengas a la gente cuestionándose cosas».

Cuestionarse cosas en lugar de relatos que te den la razón de forma maniquea; un amén (paradójico) a eso.