‘El timador timado’, guía japonesa de lectura del sueño americano

¿Sabías que los japoneses son ávidos consumidores de flamenco? Y no se conforman los tíos con pasear las bulerías, soléas y canasteras por los callejones angostos y escalonados de sus prefecturas; muchos ansían instruirse en palmas y quejíos. El del sol naciente es un país introvertido pero con un ojo siempre puesto en los de al lado y sus series, inmejorables instrumentos para recomponer la imagen que sus habitantes tienen de los extranjeros. Antes de desasirnos del anime por un par de semanas –quedan muchas otras facetas del dibujo móvil por abordar en esta sección–, arqueemos la espalda para esbozar una última reverencia.

El timador timado, o, en su versión original, Great Pretender, llegó el pasado agosto al catálogo de , legataria de los derechos para distribuirla internacionalmente apenas un par de meses después del estreno en la televisión japonesa. La serie nos compete ahora porque apunta a trasladar al idioma de las islas del Pacífico un mito sin fecha de caducidad. No un mito como los mitos japoneses, historias y discursos preternaturales más viejos que el propio tiempo, sino uno joven: el sueño americano.

Enfilar la serie, producida por Wit Studio (Ataque a los titanes), como una guía de lectura de los Estados Unidos y del funcionamiento del ascensor social que alimenta las ideologías del tierno país no significa necesariamente querer encontrar en ella explicaciones en los términos excelsos de Fitzgerald, quien reflejara con tino ese montacargas destartalado en El gran Gatsby. El timador timado no es una biblia. Es un diccionario. Unos prismáticos que nos ayudan a entender qué vituallas escogería un japonés para disfrazarse de yanqui y pulsar el botón que hace subir la cabina.

Algo parecido tiene que hacer Makoto Edamura, protagonista de la serie, cuando se ve aleccionado, él, que se suponía el mejor estafador de Japón, acaso del mundo, por un mangante francés que lo recluta y se lo lleva consigo al nuevo continente a la caza de un botín común. Comienza ahí el aluvión de imágenes de lo extranjero, que no se detiene en Norteamérica, pues otros países comparecen en los 14 episodios que Netflix distribuye fuera de los límites de la tierra del Fuji. Está previsto que la serie, repartida en casos que se abren y cierran en cuatro o cinco episodios, se complete al alcanzar los 23. Pero lo yanqui, como siempre, es lo más cautivador.

Ryota Kosawa escribe y Hiro Kaburagi dirige una ficción animada que, en su veraniego primer tramo, ya hace gala de la desvergüenza de Ocean’s Eleven, la eléctrica secuencia de créditos de Atrápame si puedes, aquí entre los Bonds y Saul Bass; y toda la fuerza elegante del hot jazz y el bebop del mejor cine de buscavidas. Podría pensarse que el pendoneo que anhelan los que arañan los escalones más bajos de la jerarquía en ficciones de este tipo hace rima asonante con el circunspecto sentido del honor japonés, pero El timador timado reserva una vuelta de tuerca para el final de arco introductorio.

Talento no falta en la plantilla de la serie, pues a Kaburagi (My Little Monster) y Kosawa (Parasyte) se unen Yoshiyuki Sadamoto (Evangelion, FLCL) como diseñador de personajes y Yutaka Yamada (Tokyo Ghoul) como compositor. Esos vellones de maestría se despliegan sobre nuestro mito americano encuadrándolo no con asepsia, sino desde un esteticismo florido y coqueto. El retorcido sentido de la ética que hay en robar a los ladrones lo robado para quedárselo uno preconiza la pronta evaporación de ese espejismo de turista, pues lo aclaraba Fitzgerald: la vieja Europa que anida en las más altas cornisas de la nueva América no deja sitio para que se eleve el ascensor, y el pelagatos es pelagatos siempre, por mucho que acumule y se solace.

No falta talento en la plantilla. (Fuente: Wit Studio)

El cargo de conciencia japonés planta en el joven Makoto, más largo que un sarmiento, la semilla de una relectura rizomática de las promesas jeffersonianas desde el otro lado de la orilla. Cuando concluye el primer gran golpe y timadores franceses y americanos se esfuman con sus mordidas, el larguirucho japonés devuelve a las autoridades el dinero robado para hacer tabula rasa. Esa imagen tienen de continentales y colonos en Wit Studio, donde también se tomó la elocuente decisión de convertir a la figura del criminal estafado, otrora un proceloso gerente de casinos de Las Vegas como el Andy García de Ocean’s, en algo más acorde con nuestro tiempo y lo que Japón se extrae de él: un productor de Hollywood.

Los neones de las barriadas de Tokio arrojan un particular reflejo del ascensor social estadounidense. Tanto Gatsby como el linajudo Tom Buchanan podrían ser bandoleros a ojos nipones. El timador timado pontifica que el honor lo es todo, y ni las herencias criollas ni las jugarretas de nuevo rico bootlegger garantizan un pase digno a las alturas. Hay que pagar las deudas y construir desde abajo, como Makoto. Como Hudeyoshi Toyotomi, un campesino sin apellido que acabó en el trono del daimio. También invadió Corea. Una última curiosidad transoceánica: esta ha sido la primera serie de anime en incluir una canción de Freddie Mercury en su banda sonora.