‘Hannibal’ y el legado de los corderos

explicará próximamente en detalle. Y es que en esta época de serialidad perpetua, una de las expansiones diegéticas más atrevidas que hayamos visto nunca se la marcó Bryan Fuller con Hannibal. Aún hoy sorprende que aquel festival de alta cocina y homicidios gore aguantara tres años en abierto. La siniestra golosina de la NBC es la madre de una estirpe que revienta el original -un original siempre prestigioso y de culto- a base de duplicar el envite. Una pirueta de la que solo misiones suicidas como Watchmen o Better Call Saul han podido salir realmente airosas.

“Una novela no es solamente una novela porque es larga. Es una novela debido a la libertad que se toma, o puede tomarse, en narrar su historia. Puede adoptar diferentes puntos de vista y deslizarse entre el pasado y el presente, no sólo de un capítulo a otro capítulo, sino también dentro del contexto de una misma página, un párrafo o, incluso, una misma oración. Hannibal hace que casi todas las demás series de televisión parezcan, en comparación, empobrecidas estéticamente, puesto que se toma estas libertades y juega con ellas realmente, para hacer que la historia y la narración resulte más sorprendente, desconcertante y variada”.

Durante tres impresionantes temporadas, el descenso de Will a la locura y su perversa confabulación con Lecter personifican la tensión contradictoria que caracteriza Hannibal. Pero también encarnan una de las más audaces apuestas televisivas que se recuerden.