La canción de nuestra vida: ‘La extraordinaria playlist de Zoey’ y el pop

Nunca veré La misión. Lo más probable es que las circunstancias, quién sabe si en un año o en diez, me obliguen a acercarme de una vez a la película de Roland Joffé; pero a día de hoy mi certeza es absoluta. Jamás la veré. Soy, como cualquiera, conocedor de las bellas melodías que el recientemente desaparecido Ennio Morricone ideó para la cinta, pero quiero conservarlas en mi cabeza tal y como las escucho cada vez que me asaltan la memoria: silbadas por mi padre mientras ambla escaleras abajo en las sofocantes mañanas de domingo. La música nos conforma como individuos, pero también nos une y nos comunica con los demás. La extraordinaria playlist de Zoey lo sabe bien.

Con esta comedia obstinada en desarrollar nuevas formas de relacionar la ficción con lo afectivo, que aquí ha publicado HBO España, la network NBC hace mucho más que desempolvar para la televisión un género, el musical, prácticamente exánime. Su propósito último es investigar desde el entretenimiento cómo la cultura puede expresar lo inefable en la melodía más ñoña. Hablando en plata: averiguar para qué sirve el pop. Y para ello se vale de Zoey, una joven programadora de una tecnológica de San Francisco que, tras sufrir un extraño accidente, adquiere la habilidad de leer los pensamientos de los que la rodean en forma de lustrosos números musicales diseñados a partir de éxitos de radiofórmula.

La romántica relación de La extraordinaria playlist de Zoey con el pop se establece desde el comienzo mismo de la trama, que se pone en marcha cuando la protagonista tantea una posible amistad con su vecina, Mo. Uno de los primeros diálogos que las vemos compartir, de hecho, nos invita fugazmente a tomar a Zoey por una elitista incapaz de rebajarse al nivel cultural del otro personaje, que la interroga por el nombre de la banda que está escuchando en sus auriculares. “No los conocerías”, le espeta. Nada más lejos de la realidad, pues en sus orejas suena un podcast científico. La programadora se revela luego, de hecho, como una novata, acaso algo iletrada, en la disciplina musical. El estándar de distinción en la San Francisco de la serie no está mucho más allá de los Clash.

A los punkis de Londres se unen, mientras dura el asunto, artistas legendarios del pelaje de los Beatles, los Rolling Stones, Billy Joel, Van Morrison y Wham!, por citar unos pocos, y otros tantos exponentes del pop contemporáneo como John Legend o Pink. La clave de la muy engrasada maquinaria de La extraordinaria playlist de Zoey es su inabarcable campo de acción: la propia serie funciona como eso mismo, una lista de reproducción, y no hace falta tener gastadas las cubiertas de los manuales de historia de la música para sorprenderse a uno mismo mascullando ese estribillo o aquel otro riff que tantas veces ha bañado la pista de baile del bar de abajo. Tararararireró, should I stay or should I go.

Los éxitos que llaman irresistiblemente al reparto de la producción de NBC a mover las caderas como locos, al tiempo que guían al espectador a través de la temporada, lo transportan también a momentos y lugares extramuros de la ficción, estampas de la vida propia que, se quiera o no, habitan los archivadores de la memoria agarradas a himnos generacionales y hits del verano. Acudiendo de nuevo al primer episodio veremos un interés manifiesto en colocar la banda sonora de nuestra historia a la altura de otro elemento fundamental del recuerdo, las fotografías, entendidas como contenedores de vida, cápsulas que atesoran y mantienen latentes los instantes añorados.

No hace falta subrayar mucho lo que Mo, la dicharachera vecina, pone negro sobre blanco en otra secuencia del mismo capítulo: “Las canciones solo expresan nuestros deseos más profundos. Con la música sientes cosas que no se expresan con palabras”. Incluso cuando se tiene la sensación de que a uno no lo comprende nadie, no es difícil que Iván Ferreiro, Taylor Swift o Karol G encuentren las palabras exactas. “La cuestión que tendríamos que preguntarnos”, señala Simon Frith en su ensayo Hacia una estética de la música popular, no es qué revela la música popular sobre ‘la gente’, sino como los construye”.

De acuerdo con el estudioso británico, la experiencia de la música popular, que nos permite ubicarnos en torno a alianzas emocionales con los grupos, los cantantes y el resto de oyentes, tiene cuatro funciones sociales principales. Utilizamos el pop, en primer lugar, para construir una identidad. Para contestar preguntas sobre nosotros mismos y nuestro lugar en el mundo. De igual manera, el pop ayuda a gestionar la relación entre nuestras vidas pública y privada, a través de las emociones. En una línea más prosaica, la música popular permite otras dos formas de uso: como agente en la percepción del tiempo y la memoria popular, y como posesión.

El poder que Zoey adquiere en la serie, el unheimlich que desbarata el orden natural de las cosas, atraviesa la barrera entre los usos públicos y los usos privados del pop, generando un desequilibrio. No es hasta la mitad de la temporada que contemplamos los estragos que el empleo irresponsable de la habilidad de la protagonista causa en las personas cercanas a ella, sacando a la luz impulsos y emociones que debían habitar en el interior. Porque Zoey es una gran jefa de Recursos Humanos, pero también una metomentodo que empeora mucho de lo que intenta arreglar. El pop, paradójicamente, es a la vez propiedad de todos y un espacio simbólico íntimo, un refugio, y la intromisión lo desbarata. Las lágrimas quedan entre Sufjan Stevens y yo.

Con mejor o peor resultado, la labor terapéutica de Zoey suaviza los pliegues de un mundo fatigoso: el de las empresas tecnológicas, repleto de oficinas acondicionadas para que los trabajadores las abandonen lo menos posible y geniecillos que han saltado de la start-up de garaje a fantasear con empleados dispuestos a rubricar contratos de 100 horas semanales. Si The Eddy, otra serie musical reciente, plantea la música como arte, con gran énfasis en lo formal, La extraordinaria playlist de Zoey es la música como cultura. Atiende a lo que la música provoca en nosotros; no va de tener voz, sino orejas. Esto, quizá, la hace algo más acrítica frente a modelos de empleo basados en comer azúcar obsesivamente (y fumar como una chimenea, aunque no lo veamos) mientras se teme que la jefa venga preguntando por la nueva gran idea.

En cualquier caso, el fuerte de Zoey y de su serie son los sentimientos y la insistencia en reubicar estos en una posición privilegiada dentro de la agenda social. Aunque los familiares y compañeros de trabajo de la protagonista no puedan oírse entre sí, por lo que toda posibilidad de unión en la gran familia del pop se atasca en el cuello de botella que es Zoey, los espectadores sí tenemos butacas privilegiadas para disfrutar de una revisión exhaustiva de textos sonoros que (dentro de la filia yanqui que vertebra el consumo masivo, vaya por delante) nos han acompañado como el mejor de los lazarillos en las buenas y en las malas. La canción de nuestra vida, que canta Joe Crepúsculo.

Esa escena de realismo mágico, con una fuerza invisible circunnavegando el globo y atravesando las tripas compungidas de espectadores de todo tipo, quien más, quien menos, secándose una lagrimilla o dos, reside en la naturaleza de la música popular. Josh Kun describe el fenómeno como audiotopia. “La audiotopía es un espacio musical de la diferencia”, explica en el ensayo del mismo nombre, “donde las contradicciones y conflictos no se
cancelan entre sí, sino que coexisten. En un sentido, las audiotopías pueden ser entendidas como ‘zonas de contacto’ identificativas, ya que son tanto espacios sónicos como sociales donde formaciones identitarias dispares, culturas y geografías históricamente cartografiadas como separadas pueden interactuar entre ellas”.

Con el pop nos aislamos cuando toca, y nos abrimos a extraños para que los nubarrones escampen. Lo demuestran la comunión pastoril que se alcanza en rituales como el del Náutico de San Vicente do Mar, en Galicia, o el refugio público encontrado estos meses en las voces familiares del Dúo Dinámico, que se personó en cada balcón a las ocho en punto. Con la música se quiere, se llora y se vela. Nos da la bienvenida y nos despide. Quizá por eso la ponen en los ascensores.

Nunca veré La misión.

‘La extraordinaria playlist de Zoey’ está disponible bajo demanda en HBO España.