Los momentazos de ‘Territorio Lovecraft’: el mejor, el peor, el más raro y algún otro más

¡Voilà! Se acabó Territorio Lovecraft. Por fin, dirán algunos aficionados, y ¿por qué?, diremos otros. Las andanzas de la familia de Tic por la magia y Ardham han tocado a su fin con críticas apuntando para bien y para mal. En mi modesta opinión, el último capítulo resultó ser más o menos lo que esperaba (salvando la postilla final con Dee; innecesaria, sí, pero muy pulp y con una sugerencia ¿velada? para una segunda temporada por si acaso), con rituales arcanos de complicada ejecución (aunque luego sean de todo menos complejos), y donde los blancos pierden su poder en pos de los negros. Ah, y el monstruo final de pantalla. Muy partida La llamada de Cthulhu y eso se agradece. Dicho lo cual, llega el momento de hacer repaso de los momentazos de la temporada. Ahí vamos.

Aquí me salgo por la tangente, o por los cerros de Miskatonic, y me ciño a un episodio completo: el segundo. Después de un brillante, ágil y voraz (es que los Shoggoths y su apetito…) primer capítulo, donde además de las presentaciones de personajes, el viaje hacia Ardham y el combate final con los policías en la cabaña dejan el listón muy alto, todo hacía presagiar que en el segundo, cuando conocen a la familia Braithwhite, pernoctan en la mansión y aparecen en comitiva todos los sectarios (ay, esas noches con la Orden del Crepúsculo de Plata), el listón subiera más y te dejara sin aliento a medida que transcurrieran los minutos.

Sin embargo, más allá de eso, hay varios detalles que están de más o no están explicados de manera coherente. Ya sea esas ínfulas adánicas de Samuel Braithwhite (Lovecraft nunca aludió a conceptos bíblicos en sus relatos, ni sesgó en el Bien y el Mal sus narraciones -eso lo realizó más tarde August Derleth-), ya sea con el pacto de Cristina con los lobos o el suceso de las vacas parturientas. No lo entendí y sigo sin hacerlo.

Sin lugar a dudas el momento más raro de la serie es el comienzo, que si bien luego explica de manera detallada en pequeñas píldoras a lo largo de los restantes episodios, como inicio, y a pesar de ser una fantasía, es raro nivel gramática cthuloidea. Sí, estoy hablando del trasiego de Atticus por la trinchera, que repta hasta una posición elevada y cuando sortea los sacos terrenos se presenta ante él una luna morada donde hay ovnis, las máquinas de la Guerra de los Mundos y una semilla estelar volando combatiendo en una batalla colosal. Pero más raro aún resulta que de las profundidades emerja Cthulhu y que Jackie Robinson, el primer jugador negro que jugó en las grandes ligas lo abata con su bate. Todo en dos minutos con veinticinco segundos. Los pelos como alcayatas del siete.

Los mejores y me explico. El primero, de dos, sería la segunda parte del capítulo ocho. Dee lucha contra la “pesadilla” de las gemelas aterradoras que la persiguen por toda la ciudad hasta que llega a los brazos de Montrose; Leti sufre el tiroteo de la Policía que acribilla su casa mientras discute de magia con Ruby; Tic confiesa a Montrose poco antes de recoger a Dee que ha vuelto del futuro y trae consigo el libro que da título a la serie, Lovecraft Country, pero más aún, que su propio hijo, George, el niño que espera Leti, es el autor del libro. Las tres historias desembocan con la aparición de un Shoggoth frente a la casa de Leti, que evita la muerte de Tic y se come, cómo no, a los temerarios policías.

De otro lado, me encanta el capítulo de Corea, el número seis, y la historia del kumiho (zorro de nueve colas), donde Ji-Ah y Tic se enamoran y esta lucha por escapar de la maldición que consiste en matar a sus amantes cuando llegan al orgasmo (hasta cien, ni más ni menos). Más allá de la factura técnica y de la historia del fantasma en sí (que a pesar de ser una leyenda coreana entronca de maravilla con los hechizos descritos en la literatura de Lovecraft), el pequeño homenaje al cine en la tienda de campaña así como los cambios que viven los personajes de Tic y Ji-Ah, donde intentan huir de su destino, resulta conmovedor y terrorífico al mismo tiempo.

A estas alturas del partido, en mayor o menor medida, todos los episodios han tenido un punto aterrador, naturalmente relacionado con los mitos del escritor de Providence. Pero aquí me permito hacer un requiebro e irme a un terror más cotidiano, por desgracia, y obviar grimorios, monstruos y demás parafernalia. En el primer capítulo, sobre el minuto cincuenta, Leti, Tic y George circulan por el estado de Massachusetts y son detenidos por un policía local. Les advierte sobre el peligro que corren si son detenidos por la noche, ya que pueden ser ajusticiados sin previo aviso ni juicio sólo por ser negros y no estar autorizados.

Los tres protagonistas emprenden una huida con el crepúsculo amenazando por las ventanillas del coche. Cuando creen que salen del condado y cantan victoria, otro grupo de policías les espera al final de la carretera. Eso es terror. Aunque, afortunadamente, los Shoggoths (o vampiros estelares), un poco más tarde, tuvieron buen ojo para escoger la cena…

(Fuente: HBO España)

También en este caso son dos y el primero corresponde al capítulo nueve. Más allá de ser una de las partes esenciales para entender la historia y llegar a la resolución, explora un componente básico de la literatura de Lovecraft, su coetáneo Círculo de Arkham, y sus seguidores: los viajes en el tiempo. La mayoría de los relatos de los Mitos de Cthulhu versan sobre dioses y razas que ya vivían en la Tierra antes de la aparición del hombre. O bien llegaron de otros planetas o bien viajando a través del tiempo (The Shadow Out of Time y The White Ship son los mejores ejemplos). La obsesión de Lovecraft por el tiempo y sus fisuras proviene de una percepción depresiva que reiteraba constantemente al asegurar que “estaba atrapado en un tiempo que no quería y la imposibilidad de viajar por él”.

Por otro lado, y está presente a lo largo de toda la serie, el grimorio. Más allá de ser un libro de conjuros y hechizos, Lovecraft adoraba los libros, y para dotar de un punto de verosimilitud a sus relatos, incorporaba la presencia de uno o varios libros arcanos, prohibidos, malvados que cimentaran la realidad que forjaba. En la serie habla de El Libro de los Nombres, que viene a ser un trasunto del mítico (que se lo pregunten a Borges si no) Necronomicon. La magia es una constante en la serie (protección corporal, inmortalidad, transformación, resurrección, portales) así como en la obra de H.P. Lovecraft (la lista de libros arcanos es colosal) y esos tomos son la herramienta esencial para plantear, desarrollar y concluir cualquiera de las historias del escritor norteamericano. Y, como hemos visto, de la serie.

He escogido estos, pero seguro que hay más, o estos mismos más matizables. Sea como sea, Territorio Lovecraft resulta una aproximación encomiable al escritor de Providence (donde un punto de justicia divina en el protagonismo de personajes negros versus blancos resulta irónico y maravilloso), un homenaje a su particular teogonía (su mayor éxito, sin duda, como creador) y una iniciativa que espero tenga sucesores. Nada me gustaría más que La Llamada de Cthulhu o En las Montañas de la Locura tuvieran eco en alguna plataforma. ¿Y a quién no?