‘Territorio Lovecraft’: ¿divertida locura o tomadura de pelo?

Este artículo se ha escrito tras ver ocho de los diez capítulos de la serie y contiene spoilers.

Tiempo ha, cuando leí la noticia de que HBO adaptaría la novela de Matt Ruff Territorio Lovecraft, me alegré como un niño el día de Navidad. O la festividad de Hastur, que resulta más apropiado. Más que por la novela en sí, mi alegría provenía de que una parte de la mitología que creó H.P. Lovecraft allá por los años veinte y treinta del siglo pasado y que tendría eco en la televisión. Y es que después de haberme leído (sea en Bruguera, Alianza o Valdemar) todo lo escrito por el escritor de Providence y su entonces círculo de Arkham, desde que lo descubrí hace ya más de treinta años, resultaba ser un sueño cumplido; más aún cuando las adaptaciones de su obra al cine han resultado poco afortunadas, con alguna honrosa (lo de honrosa lo subrayo por el esfuerzo) excepción. Siempre queda en el tintero de manera perenne aquello de que Lovecraft resulta inadaptable (y aquí yo usaría lo de inadaptado con, ya lo habrán imaginado, doble sentido).

Para todos los amantes de Los Mitos de Cthulhu, la serie de Peele y Abrams estaba lacrada en el calendario al igual que cualquier solsticio, ciclo de luna llena o mareas colosales (sea en función del primigenio o dios exterior que adores). Lectores, jugadores de rol o juegos de mesa, amantes de los videojuegos, comiqueros, frikies, en definitiva, ansiábamos el día del estreno y ver cómo (al margen de haber leído o no la novela) el héroe de turno conseguía un grimorio ignoto, leía su contenido manteniendo la cordura a duras penas, peleaba contra sectarios, e intentaba evitar que aquellos dioses innombrables retomaran su trono y gobernasen bajo la locura y el sacrificio a la raza humana. Lo estándar en Lovecraft y sus acólitos en las tiradas de la pulp Weird Tales. Sin embargo, la serie de HBO nos seduce con una mezcla de géneros que manifiesta lo que todos sabemos, pero nos empeñamos en olvidar: que el verdadero monstruo es el hombre, no aquellos que provienen de una extraña y lejana estrella o de las profundidades abisales del Pacífico.

Lovecraft fue un escritor ciertamente mediocre, sin éxito en vida, corrector de textos para sobrevivir, y cuyo acierto fue el de crear un nuevo género de terror. Algunos críticos y biógrafos lo llaman terror racional, otros lo denominan terror cósmico; hay quien le tacha de revelador de secretos insondables (Houellebecq), de aglutinador de corrientes (Lord Dunsany, Machen, Blackwood) y de precursor y maestro para las posteriores generaciones de escritores de género (Bloch, Chambers, Derleth, etc). Ahora bien, detrás de esa erudición incontestable que atesoró desde niño, residía una personalidad compleja, insegura y maniquea hasta el paroxismo. Todo esto sumado a una recua de prejuicios propia de los WASP (White Anglo Saxon People, es decir, blanco, anglosajón y protestante), cimentada en el origen noble de su familia (el propio Howard aseguraba que una de sus ramas familiares desembarcó con los viajeros del Mayflower), y el desprecio innato a todo lo foráneo, pergeñó en su cabeza un universo que sigue más en boga que nunca, pero censurable en su origen.

Territorio Lovecraft juega de manera muy inteligente varias bazas. Por un lado, harta manifiesta, la del racismo. Estados Unidos en los años 50, con una guerra mundial recién acabada donde se había producido el mayor holocausto de la historia, no acababa de salir ese provincianismo rancio y anacrónico que instaba a la población negra a sobrevivir como podía. Las rutas para negros (The Negro Motorist Green Book, literalmente), no son una ficción para alimentar la narración de la serie; fueron una realidad vigente hasta 1967. La búsqueda de Ardham (Arkham, naturalmente) en el comienzo de la serie, cuando los negros circulando podían ser ajusticiados si eran cogidos por la noche, se desarrolla en Massachusetts (estado natal de Lovecraft y donde se desarrollan todos sus relatos). También la imposibilidad de ser negro y trabajar en un negocio donde los clientes eran blancos (es maravilloso el juego del hechizo de transformación corporal para que Ruby se convierta en blanca y pueda conocer las mieles de la diferencia racial). La compra de la casa por Leti en un barrio blanco y sus vecinos furiosos, la policía (blanca, naturalmente) que acosa y derriba cualquier atisbo por ínfimo que sea de resolución de sus congéneres negros.

También abunda en la crudeza de la guerra y en la transformación que sufre un hombre, por buenas intenciones que atesore, cuando la sinrazón acude a él en el campo de batalla. Recrea y critica duramente la actitud de Atticus en Corea al matar a una enfermera acusada de espionaje; la diatriba moral que sufre el protagonista en su regreso a Chicago marca todo su posterior viaje. Un vía crucis que lastra la búsqueda de su padre desaparecido y arranque de la historia, la relación amorosa que tiene con Leti y las decisiones que ha de tomar cuando se adentra en el sinuoso laberinto de la magia y su particular exploración de la verdad.

(Fuente: HBO)

Las mujeres son otra de las bazas de la serie. Los protagonistas de la obra de Lovecraft eran casi todos hombres y es que el escritor de Providence adolecía de ninguna sensibilidad por el género femenino. Quizás porque su infancia estuvo marcada por su madre (aunque murió pronto) y, sobre todo, por la convivencia con sus tías (una de ellas, Susie, llegó a decir de él que “era físicamente horrendo y de otras formas imposibles de averiguar”), un matrimonio fallido con Sonia Green (a todas luces de conveniencia y donde ella llegó a mantenerle económicamente durante su estancia en Nueva York), son los elementos que sus biógrafos destilan para inculcarle una actitud si no misógina, casi. Pero en la serie nos hallamos con que Leti, Ruby, Hyppolyta y Diana, de un lado, y Ji-Ah y Christina, por otro, tienen una preponderancia capital en el devenir de las historias. Dicho de otro modo, una vindicación necesaria y justa.

Por último, y esto entiendo que es más pop que otra cosa, es el homenaje que la serie estipula sin rubor alguno a la literatura pulp. Esas publicaciones bastas, confeccionadas de papel astroso, de pulpa de madera y que presentaban un tono amarillento fueron casi un éxito asegurado en las librerías y quioscos. Hubo publicaciones que llegaron alcanzar el millón de ejemplares. Así, la ciencia ficción, el género fantástico y el de terror se daban la mano en estas revistas eludiendo de manera inteligente la censura y el puritanismo. Publicaciones como Weird Tales, Black Mask, Horror Stories, Amazing Stories, entre otras, fueron el santo grial de un público que ansiaba divertirse y entretenerse pero también descubrir nuevos talentos. Una suerte de serie B trasladada a la literatura.

Volviendo a la pregunta del título, y habiendo especificado mi pasión por la obra de Lovecraft y su legado, la serie de Peele y Abrams no me resulta, como muchos fans han esgrimido, una tomadura de pelo. Entiendo sus razones, sin duda, porque una parte de mí desea, como ellos, esa parte detectivesca, de aventuras rayando lo Indiana Jones, el monstruo final de pantalla (lo de los Shoggots me daría para otro artículo y no creo que sea plan) y un tono épico que postre a la raza humana frente a una teogonía que lleva ahí desde el principio, pero Territorio Lovecraft es otra cosa. El uso de la obra del escritor es un recurso, no un fin, y si entiendes eso la decepción no es tal, sino una parte más del universo que te propone la serie. Ahora bien, sí que me resulta una locura (¿Qué no lo es cuando hablamos de Los Mitos de Cthulhu?), divertida en la superficie, pero intensamente seria cuando rascamos y nos adentramos en sus recovecos.

Más allá del tiempo y el espacio, temas recurrentes en Lovecraft y su círculo, hay cosas que no cambian y conviene que series como ésta estén presentes en nuestra retina. No está de más, de cuando en cuando, mencionar las obviedades, que ya conocemos al ser humano…

‘Territorio Lovecraft’ está disponible todos los lunes en HBO España.